/David Cordero
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Turismo por David Cordero Mercado,

Hace aproximadamente 800 años fue la última vez que el Volcán Quilotoa hizo erupción. En aquel momento, el flujo volcánico alcanzó el Océano Pacífico, según estudios. El posterior colapso del volcán, producido por el mismo flujo, permitió la acumulación de líquido dentro de la caldera, que mide unos tres kilómetros de diámetro, formándose así una laguna volcánica que hoy día alcanza los 250 metros (820 pies) de profundidad.

Ubicada a unos 12 kilómetros del poblado de Zambahua, en la provincia de Cotopaxi, la laguna del Quilotoa es uno de los destinos turísticos favoritos en Ecuador y sin duda es una de las lagunas naturales más hermosas en todo el planeta. Por eso, junto a unos amigos decidimos no perder la oportunidad de visitar este lugar tan fascinante.

Desde el centro de Quito, el viaje al Quilotoa toma aproximadamente unas cuatro horas en auto. El viaje en ascenso a través de una parte de la Cordillera de Los Andes te permite disfrutar de paisajes encantadores durante el camino, pero una vez en el Quilotoa, la experiencia es inimaginable.

Belleza natural. Metro World News viajó a uno de los destinos turísticos favoritos en el país de la Mitad del Mundo

Llegamos al área del mirador del Quilotoa aproximadamente a las 6:15 de la tarde. La neblina ya cubría toda la zona, así que decidimos descender rápidamente. El viaje en descenso nos tomó unos 35 a 45 minutos, sobre un suelo que puede ser algo resbaladizo y en ocasiones empinado, de modo que hay que mantener el freno en los pies para tener el balance y la velocidad sin caerte.

Ya a oscuras tuve mi primer encuentro con la laguna, cuando finamente llegamos al área de acampar. Como si se tratase de un espejo perfecto, la sensación de que caería al vacío me engañó. Una luna llena se reflejaba perfectamente en la superficie de la laguna, con toda su luz y las nubes que la rodeaban. No era la luz de la luna iluminando el agua, era la misma luna como si estuviese dentro de la laguna.

Una repentina lluvia nos sorprendió justo en medio del montaje de las casas de campaña, lo que nos obligó a acelerar el paso. Alrededor de nosotros, al menos unas diez casetas ya estaban montadas y varios grupos de personas rodeaban sus fogatas.

Luego de varios intentos, entendimos que nuestra fogata nunca encendería. Sin embargo, eso no impidió que pasáramos una noche inolvidable con guitarra en mano, risas y buena música, a la orilla de la impresionante laguna.

Mi primer encuentro real con la laguna fue al amanecer. Los primeros rayos de luz del Sol se asomaban cuando salí de la caseta de campaña. El agua tenía un color verde esmeralda intenso. Era el reflejo perfecto de las montañas sobre la laguna. Una de los mejores experiencias fue remar en kayak hasta el centro de la laguna. Se trata de una oportunidad única de apreciar la magnitud del cráter y de la caldera.

Si el descenso puede tomar unos 35 a 45 minutos aproximadamente, el viaje de vuelta a la cima puede ser consideradamente más largo. Todo dependerá realmente de tu condición física y la cantidad de peso que traigas encima.

En fin, a la una de la tarde decidimos comenzar el viaje de retorno. En la cima, las personas parecían hormigas. Uno de los miembros del grupo, advirtiendo al resto, decidió pagar los diez dólares y realizar el viaje a la cima del cráter sobre una mula. Una segunda de estas llevó las mochilas de la mayoría. Yo, subestimando el camino y compadeciéndome del animal, quise completar la travesía con mi mochila puesta.

Apenas daba mis primeros veinte o treinta pasos en la empinada subida y necesité tomar mi primer descanso. De entrada comprobé dos cosas, en primer lugar que estaba fuera de condición física y en segundo lugar, que la parte final del viaje sería el mayor reto.

El ascenso continuaba y con cada paso sentía que me quedaba menos aire. Sobre mi espalda llevaba el peso de una mochila con ropa que no utilicé. Mientras reflexionaba sobre eso, al tiempo que continuaba mi paso seguro pero lento, comprendí una gran moraleja: en un próximo viaje al Quilotoa, llevar estrictamente lo necesario.

El cansancio y cada paso, sin embargo, lo valía el escenario natural perfecto que apreciaban mis ojos en cada parada de descanso rumbo a la cima.

Tonalidades de verde esmeralda, turquesa y azul se fusionan para crear un escenario majestuoso, mágico. Reflejo, en realidad, del verdor de las montañas, del azul del cielo, de la intersección de las nubes, el asomo de las sombras y la calidez de los rayos del Sol. Es como si la laguna fuera una puerta hacia lo divino, un pasaje oculto hacia el más allá. Es como si fuera el ojo de Dios.

Al llegar a la cima la sensación es gloriosa. El cansancio es tan grande como la satisfacción de haberlo logrado y al mirar hacia abajo lo entendí como una aventura cumplida. Una hora y media tardé en completar el trayecto de regreso.

Cerca de las tres de la tarde, una capa de neblina ya se interponía entre el mirador ubicado en la parte de arriba del cráter y la laguna en el caldero del volcán. Al menos en invierno, las mejores horas para apreciar la belleza y los colores de la laguna son entre las siete de la mañana y la una de la tarde. De cualquier modo, visitar el Quilotoa es una parada que no puede faltar en un viaje a Ecuador.


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