Imagen referencial. /pinterest.com
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Tendencias por Luz Lancheros /MWN,

En 1969 era escandaloso y revolucionario que en Woodstock muchas mujeres mostraran sus pechos al aire, o que adornadas solo con un poncho, gozaran al ritmo de The Who o Jimmy Hendrix. Eran los tiempos en los que la clase media norteamericana veía cómo todos sus valores se agrietaban y los antiguos héroes de guerra veían a sus hijos escupir en sus valores tradicionales a través del primer gran festival musical de la Historia. Casi 50 años después, los nietos de esos “hippies”, ahora barrigones, ven en uno de los festivales musicales más grandes del mundo una forma de expresar su conformismo –sobre todo estético– con el establecimiento a través del consumo, las celebridades y lo “cool” que resulta una pic de Instagram.

Curioso. Para algunos la contracultura ha muerto y quizá Coachella es todo eso a nivel de estilo

Atrás quedaron los tiempos en los que muchos se escandalizaban al ver a sus jóvenes usando ropa étnica y símbolos de los nativos americanos o los indios. Ahora ser “cool” es cosa de famosas como Kendall Jenner o Vanessa Hudgens y cuesta. Porque para Coachella hay que invertir: de hecho, en 2015, aproximadamente 32 millones de personas asistieron a algún gran festival musical en Estados Unidos. 14,7 de ellas millennials, según estableció Nielsen Music. El año pasado una entrada básica a Coachella costó casi 400 dólares. Los VIP cuestan el doble. Hay que sumarle a eso el vuelo, estadía y comida. Todo puede costar hasta 5 mil dólares, dependiendo del presupuesto.

Vivir y lucir como los hippies nunca fue barato. Siempre ha sido cosa de privilegiados.

De los Beatles al “boho chic”

La dura realidad fue que los “hippies” que promulgaron el amor libre y la vida sin ataduras al madurar se hicieron ricos y todo lo que representaban pasó a ser apropiado por el lujo. A finales de los años 60, por ejemplo, se popularizó la “chaqueta Nehru” con los Beatles y los Monkees, como símbolo de lo oriental “chic”.  Lo “étnico” pasó a hacer parte de las grandes tiendas de departamentos y diseñadores, comenzando con Kenzo Takada, en la década del 70, quien hizo de su trademark la combinación de etnias, texturas y culturas. Luego vinieron íconos sueltos, como Jane Birkin o Marianne Faithfull, que todavía encarnaban el espíritu libre de esa época.

Siendo, claro, musas de firmas de moda de lujo. Hasta que a finales de los años 90, sus directas herederas, Kate Moss y Sienna Miller comenzaron a retomar todo ese mood de los 60 y 70, con pelo suelto, estampados, prendas con movimiento, arabescos, vintage y fulares. De hecho, fue en otro festival musical que nació el llamado “boho chic”. En Glastonbury, en 2004, Miller apareció con un vestido corto en dénim negro que fue la sensación. Por otro lado, Kate Moss, quien en ese tiempo andaba con Pete Doherty, apareció con un vestido vintage y un bolso zíngaro. Desde ahí, las Olsen, Kate Bosworth, Tatiana Santodomingo y otras celebridades hicieron de este estilo el rey de la década pasada y lo consolidaron como el casual más apetecido por toda aquella que tuviera espíritu libre y buenos billetes.

Porque marcas como Rapsodia y Desigual, así como la de Tatiana Santodomingo (Muzungu Sisters, creada en 2009 en formato online), tienen toda esa inspiración, pero no a nivel ultramasivo, como un Zara. De hecho, en la página de la esposa del príncipe Andrea Casiraghi, lo originario cuesta, porque aparte del lujo se basan en una premisa sostenible en la que trabajan con pequeñas comunidades. Eso hace que los objetos que venden valgan desde 40 hasta 600 dólares, dependiendo de cómo fueron hechos y por quién, teniendo cadenas de producción tradicionales. Por supuesto, no todas las empresas son iguales. Un collar étnico se puede conseguir hoy en Internet hasta por cinco dólares.

Coachella es heredero de todo eso. Hoy por hoy es el evento bandera que muestra cómo evolucionó el “hippie chic” para solo la pose. Los memes del “Coachella starter pack” o los looks que son tan seguidos en Instagram por parte de cualquier celebridad, hacen que como cualquier pasarela de una Fashion Week, se considere un punto que ya casi no genera sorpresas en cuanto a streetstyle. El mismo despliegue de los criticados “pavos reales” de Suzy Menkes, pero con bandas, clima cálido y gafas traslúcidas. Y la misma falta de significado.


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