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Opinión por LYHELIS TORRES,

Aquí voy —estoy instalada en un café de Managua—con la imaginación distraída y los ánimos algo revueltos, buscando que la inspiración venga a mí… y que mi cerebro ordene las ideas que vengo pensando desde hace unos días. Definitivamente, esto no es normal, algo ha cambiado desde adentro y honestamente, lo puedo ver materializado hasta ahora. A ver, les cuento:

Con el afán de celebrar la vida, con el ánimo de sentirme feliz, con el objetivo de juntar a mi red de apoyo, llevo exactamente 7 años celebrando el día de mi cumple como si fuese fiesta patronal, largo y tendido; aún recuerdo mis 30 cuando eran dos lanchas movilizando a mi familia y amistades más cercanas hacia Pico de Garza en las isletas de Granada, fue un día bellísimo. Pero desde el año pasado las cosas vienen cambiando.

Era 6 de mayo del 2017, cumplía 33, para mí un número importante, casi mágico, como cuando ves la hora y son las 11:11, automáticamente solo pienso: “pide un deseo”; pues algo así me ocurría con los 33.

Convoqué a la ‘prole’ con días de anticipación, a todo el que miraba le comentaba que ya venía mi cumpleaños, andaba buscando qué iba a estrenar (o autoregalarme). Cuento largo hecho corto, era una niña pequeña, con juguete nuevo. Divertido en gran medida, pero vacío al día siguiente.

Este año definitivamente el preámbulo al día fue muy diferente, mis padres mantuvieron su postura de “amor, lo que vos querrás, pensala y nos decís”, y con agradecimiento les decía que “ahí íbamos a ver”; al final, no le comenté a nadie, este año no quería una fiesta patronal, éste año me sentía diferente, incluso puedo confesarles que me sentía un poco abrumada e impotente, y más que compartir en un “party”, necesitaba honrar mis emociones y ser coherente con mis sentimientos.

No hubo planes, ni coordinaciones previas, y no esperaba que nadie organizara nada, porque mis hermanas —que son las que me miman para este tipo de cosas— están fuera del país por motivos laborales, tampoco no hay un novio que quisiera sorprenderme, a ver, el punto es que nada de lo tradicional aplicaba. Sin embargo, desde una semana antes empezaron los chat de mis amigos más cercanas preguntándome:“¿Qué íbamos a hacer este año?”, “¿para dónde es la gira?” Y no les niego que esas muestras de interés me hicieron sentir el ser humano más especial de mi mundo. Pero los ánimos seguían diciéndome que no haríamos nada, que disfrutara de lo que tenía, sin más.

Fue inesperado ver como el sábado 5, me llegaban a sacar de mi casa para llevarme a cenar y luego ir a dar una bailadita. La comunidad salsera tiene la tradición de esperar la medianoche y hacer una rueda de salsa cubana para los cumpleañeritos. Rempapados, ya en Fandango, puedo afirmar que tuve la rueda más rara que he vivido en los 6 años que llevo de esta divertida tradición. Éramos muy pocos, la rueda se hizo una media luna… y ahí estaba yo, bailando un fragmento de canción con todos los valientes que se animaron. Gracias Eli, Fer, Manzanares y Angie por estar ahí para mí.

Al día siguiente, domingo 6, mi mamá y mi papá (con guitarra en mano), llegaron a las 6:00 a.m. (hora en la que cuenta mi abuelita Lydia que nací), y desde la ventana de mi habitación empezaron a cantarme la tradicional “Estas son las mañanitas”. Juro que la emoción era mucha, de esa que toca lo más íntimo de tu ser. Invaluable, el mejor regalo de todos. El día siguió lleno de sorpresas, a las 4:00 p.m. empecé a recibir visitas en casa, mi primo Johann llegó a cocinar pasta y entre todos, de forma espontánea, armaron la celebración de un año más de mi vida.

Pero lo mejor de todo es que era lo más orgánico que había vivido en mis 34 años de edad. Por primera vez, me agradecí no tener un plan armado, no llenarme de expectativas, no esperar llamadas de personas a las que una hace “especial”, agradecí no desear regalos materiales, tener tantas serenatas como fueron posibles, no convocar a nadie y sentir la presencia de gran parte de esa red de apoyo que ha estado en las buenas y las no tan buenas. ¡Qué felicidad la que sentía!

Y aquí el darme cuenta que después de 365 días, la Lyhelis Torres realmente había cambiado, deseaba brindar lo que es mío, sin apariencias de ningún tipo. Dejarme sorprender fue lo más lindo que pude hacer por mí misma, soltar por un momento, no escribir un “to do list”, dejar que fluyera fue mi segundo mejor regalo.

En lo personal no quería celebrar nada, cuando hay familias llorando la muerte de los suyos. Y al comentarlo en un grupo de amigas, recibí el tercer mejor regalo de cumpleaños, quien a mi pregunta de ¿qué es lo que voy a celebrar? “La Chochil”—su nombre de cariño— me respondió asertivamente: “Que estás viva mi querida Ly, más allá de celebrarlo si tal vez no lo sentís ahorita por la situación, agradece nuevamente el día de hoy a esta hora que tuviste la oportunidad de ver a los tuyos, abrazarlos y sentir el cariño de todos los que te queremos”.

¿Qué mejor lección de vida? Ahora apuesto por construir 365 días más de espontaneidad, compasión, amor, fluidez y coherencia conmigo misma. Más orgánica, más genuina, más YO. ¿Qué tal si lo probamos juntos?

Especialista en Responsabilidad Social


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