Cortesía Internet
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Opinión por Lyhelis Torres,

Conscientes o no, claros o no, despiertos o no y todos —sin excepción— tenemos una escala de valores. Hemos crecido en sociedades con estructuras culturales y educativas en las que las cosas o las experiencias deben ser clasificadas en buenas o malas, y eso se nos hace algo normal. Vivimos pensando si será correcto o incorrecto, si es justo o injusto, si es positivo o negativo; tendemos a polarizar el enfoque de las vivencias.

En lo personal soy de la opinión que en el mundo todo es más bonito con una paleta de colores, me resulta difícil pensar en blanco y negro al momento de tomar una decisión. Yo que no soy daltónica, veo la vida en multicolor. Incluso, lo que es correcto para mí, puede ser incorrecto para usted, lo que le hace bien a mi salud, puede hacerle mal a la suya. En ocasiones, deja de ser un tema de percepciones, es decir, no es lo que a mí me parece o lo que yo entendí, hay momentos en los que es tal cual debe ser, sin nada más que negociar.

Ante esta realidad, con menos años de experiencia, recuerdo lo mal que me la pasaba cuando tenía que decidir sobre X o Y tema, era frustrante, me tomaba horas, hacía un trabajo mental profundo, agotador he de decirles, terminaba cansada, drenada de darle tanta vuelta a un asunto. Y ni hablar de cuando se trataba de cosas trascendentes para mi vida, ahí me iba peor. Y pobres los que estaban a mi alrededor, porque me volvía monotemática, solo de ese asunto en particular me iban a escuchar hablar. ¡Ay, no!, ¡qué cansón suena!, ¡qué increíble!, ha habido muchos cambios desde esos días hasta la actualidad. Tuve mis momentos en los que quería hacer algo, “peroooo”… entraba la duda de las polaridades, pero “¿será que sea lo mejor?”, “’¿creés que sea lo correcto?”, “¡es que siento que…!” y “¿qué va a decir la gente si…?” Siempre hay una pregunta que puede cuestionarnos el camino a tomar o las acciones a vivir.

Justo el 14 de febrero —Eli— mi amiga y colega de trabajo, me regaló un libro que había andado buscando, pero que estaba agotado en las librerías: “Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes”, escrito por Elena Favilli y Francesca Cavallo, emprendedora mediática y directora de teatro, respectivamente, ambas escritoras de más de cinco libros. Fundadoras de “Timbuktu Labs”, un laboratorio de innovación de medios de comunicación infantil; el enfoque del libro es una invitación a creer en nosotras, a conocer la historia de más de cien mujeres que desde sus circunstancias, lograron construir una historia de vida intencional a la que presentan como un cuento de hadas con logros humanos, de mujeres reales.

Pero desde que empecé a leerlo, me llama la atención el título y me pregunto: ¿Qué tan rebeldes fueron esas mujeres al decidir ir por sus sueños y cumplir sus anhelos? Solo porque sus sociedades no se los permitían, porque les tocó irse contra el mundo para ser felices y triunfar desde su convicción más profunda. Será que desde niñas venimos apostando a ser una revolución para conseguir lo que nos proponemos, traeremos con nosotras el chip de la rebeldía. Y entonces: ¿qué es lo que nos hace rebeldes? Ser diferentes, saber decir no, evitar que nos controlen, tener criterio propio, cuestionar la imposición, poner límites, que no permitamos los juicios o críticas de la gente, que seamos intolerantes ante el irrespeto, que luchemos por lo que queremos, creer en nosotras mismas… ¿es esto lo que nos hace rebeldes ante la sociedad?

Recuerdo, que de adolescente, cuando no hacía lo que mis padres me orientaban, a pesar de dar mi “por qué no lo hacía”, mi papá me enviaba al diccionario, me pedía que buscara dos palabras: “dócil” y “obediencia”; reconozco, que en el proceso de mi vida, acompañado de mi crecimiento personal, vino también el cambio de visión de mi papá, pues ahora se enorgullece de mis logros, diciéndome “sos una fiera Lyhelita”, incluso en esos momentos en los que no he sido dócil o en los que he sido desobediente, por defender y respetar mis principios, por aplicar mi propio criterio y compartir esa manera única de ver el mundo.

Debo reconocer que he sido una niña rebelde, muy educada, nada convencional, fuera de lo normal, debe haber sido difícil para mis padres, pero agradezco la convicción en silencio, que —desde siempre—he tenido conmigo misma, para seguir en esa guerra interna de ser, quien yo quiero ser, antes de ser lo que los demás esperan que sea. ¡Feliz —todos los días— de la Mujer!

Especialista en Responsabilidad Social.


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