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Opinión por Lyhelis Torres,

¡Qué gusto me da escribir esta columna!
Más allá de generar un espacio de autoreflexión, de transformación social o de análisis consciente sobre la realidad. Si pudieran imaginar la paz interior que genera en mi vida escribir. No es descriptible en palabras, por lo que voy a tratar de narrarla como si estuvieramos tomando un cafecito junto a algo o alguien, para darle un toque más íntimo.

A diario somos presa de la rapidez, de los objetivos de la empresa o de nuestros sueños personales. Hasta que de pronto, la vida nos sorprende: perdemos a un ser querido, nos corren de nuestro trabajo, enferma nuestra mejor amiga, nos las pega el novio (a la novia), se muda del país un amigo, fallece nuestro hijo perruno… algo tiene que pasar, cuando necesitamos con urgencia, despertar e iluminar nuestra oscuridad, porque no es ese evento oscuro, sino la rutina del día a día la que nos opaca, esa adicción que no podemos detener solo con buena voluntad, ese dolor que nos arrebata las ganas, ese preciso instante en el que nuestra habitación se ilumina y todo sale a la luz.

Hace unos años que el término autogestión afloró de una sesión sicológica, como un autodescubrimiento, como una terapia que no necesita pago en efectivo, sino una autoinversión. Y no era muy claro al inicio; y es que, cuando duele, todo deja de ser tan claro. Pero como nada pasa por casualidad, llevo rato siguiendo en redes sociales a una persona que motiva este tipo de transformación, quien sugiere que los seres humanos debemos: “abrazar y sostener” esas situaciones que nos incomodan, que nos drenan, que nos tocan los sentimientos; pues afirma que solo nosotros somos capaces de superar esos episodios de vida, sin que luego se conviertan en vacíos que tratamos de llenar con estímulos o más de lo mismo que nos cae mal a la salud. Repitiendo patrones enfermizos.

Es decir, ABRAZO la realidad, mi dolor, mi emoción, mi vida, abrazo con amor lo que me está pasando, lo abrazo porque gano más al aceptarlo que al negarlo; y aún más si lo SOSTENGO, es decir, esa emoción no será divertida, ese momento no será cómodo, esa situación será realmente dura, un reto en sí mismo, pero mi conciencia me permite sostenerlo, digerirlo, aguantarlo, sobreponerme a ello. De nada me sirve ignorarlo, ocultarlo o mutarlo, esa mochila (con esa bomba) es solo mía, así que la abrazo y la sostengo.

Llegado el momento y sin que lo esté pensando, podré SOLTARLO, dejarlo ir. Si agarro mi mochila y la regalo o la endoso, probablemente el frío detonará más rápido la desagradable o sorprendente realidad. Perjudicando incluso a terceros. Pero si logro abrazarla, sostenerla y aceptarla, llegará un momento en que mi fuerza interior encontrará la contraseña para desactivar la bomba de tiempo que llevo conmigo. Pues la clave viene en nuestro ADN.

Se vale flaquear, se vale pedir ayuda, se vale reinventarse. Todo lo que sea necesario vale la pena abrazarlo, sostenerlo y en el momento menos pensado, soltarlo. Así que cuando algo duela, algo inquiete o algo llame tu atención, te invito a guardar silencio, no compartirlo, no sobreanalizarlo. Solo extiende tus brazos, los cruzas frente a tu abdomen y te abrazas fuerte, el tiempo que sea necesario, hasta sentir que podés sostener tus emociones. Te aseguro que fluirá un suspiro liberador, que te hará soltar eso que no entendías.
¡Abrazo, sostengo y suelto!

Especialista en Responsabilidad Social

 


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