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Opinión por Lyhelis Torres,

¿Cuántas veces hemos experimentado esa sensación de impotencia desde nuestro interior? Nos estan apuntando con un cuchillo, estamos inertes, paralizados, no sabemos qué hacer, ni cómo reaccionar, nos corre un sudor helado por la espalda, entregamos todo e imploramos que no nos hagan nada.

Qué pasa cuando estamos en una discusión acalorada, el tono de la voz comienza a subir, la ira aflora de los ojos de la persona que tenés enfrente, te sentís ruborizado, apenado y de pronto brota de vos una sensación de dolor, como si alguien estuviera atinando un golpe en la boca del estómago, sin aliento, te quedás quieto, una vez más inerte, congelado, hasta que esa tercera persona cede y baja el ‘gas’.

En ambos escenarios, las reacciones físicas que presenta nuestro cuerpo es de inactividad, paralizados por un miedo que nos deja sin movimiento. Sin embargo, desde mi percepción —que no necesariamente debe ser la tuya— la primera escena describe una situación de impotencia; la segunda nos plantea una situación de permisividad.

Y es que querramos o no, los seres humanos en general (hombres y mujeres) somos vulnerables a sufrir estos tipos de eventos, me refiero a las primeras, situaciones inesperadas, fuera de nuestro espectro de control, donde la amenaza o violencia física afecta de manera proporcional nuestra seguridad. Los índices de seguridad en el mundo se han visto afectados por la falta de educación, por las condiciones económicas y la falta de acceso a empleos y viviendas dignas; estas son reacciones desesperadas en sociedades con altos índices de pobreza.

Sin embargo, hay cantidad de momentos violentos que debemos evitar siendo menos permisivos, cuántas veces dejamos pasar que alguien nos falte el respeto con una frase (violencia verbal), o a través de una amenaza (violencia psicológica), o por medio de un golpe (violencia física); y es que si desconocemos nuestros propios límites, nunca podremos marcarlos y establecer distancia de ese tipo de relaciones tóxicas y abusivas.

Soy fiel creyente de que las emociones se generan desde nuestro propio Yo, (aunque no nos demos ni cuenta); y me provoca parafrasear —con mis palabras— eso de: “cuentame sobre tus vacíos y te diré lo que estás dispuesto a permitir”. Conocimos a alguien y sin darnos cuenta, estamos completamente enamorados, al tiempo ambos compartimos intimidad, creamos círculos de confianza, empiezan los apegos, las promesas de “para toda la vida” y la relación se empieza a vivir desde la carencia, desde los “y sí”.

Lamentablemente, la permisividad viene de la mano de los apegos; “Es que nos vemos tan lindos”, entonces permito que me haga el show cuando llega tomado; “es que invertimos dinero juntos en el negocio”, por eso permito que me sea infiel; “es que es un mantenido”, entonces me permito gritarle y sacarle en cara lo mala pareja que es; “es que él me aceptó así”, por eso sigo siendo una malcriada que contesta mal a todos sus comentarios; “es que yo lo elegí y ahora me tengo que aguantar”.

Pues no, bienvenido al mundo donde las transformaciones personales son hoy, donde el valor propio no me deja ser permisivo, ni me permite victimizarme ante las acciones de terceros ni me deja caer en la impotencia de una vida ligada a las necesidades de terceros, a quien afirmo utópicamente que amo, cuando en realidad, uno solo ama en la medida en la que se ama así mismo.

Solo preguntate: ¿Cuánto más voy a permitir?

*La autora es Especialista en Responsabilidad Social y creadora del blog Vida Socialmente Responsable


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