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Opinión por Lyhelis Torres,

Desde mis lentes multicolor todo es tan agradable, incluso cuando hay necesidades o tormentas (de esas que traen rayería incluida), pero hay días en los que en serio no sé ni qué pensar, no querés salir de tu cama (menos con este clima) y lo único que deseás es abrazar tu almohada favorita.

Y es entendible, real, normal, porque los seres humanos somos cambiantes, estamos llenos de energía fluctuante, influyen en nosotros no solo los factores internos, como la autogestión, sino también los factores externos, como el clima, los conflictos familiares, el ambiente laboral, la presión social, entre otros.

Pero hasta qué punto ese tipo de condiciones personales o sociales nos empujan a fingir un bienestar que no sentimos, que no nace de forma genuina, forzándonos a vivir momentos incómodos y poco agradables, porque no estamos en la misma sintonía emocional que nuestro entorno y esa es nuestra verdadera realidad. E insisto, es completamente normal. Hace poco conversaba con una amiga y me decía que se sentía muy decaída desde hacía unas semanas, que no le encontraba sentido a su vida, que como que su propósito le estuviera quedando mal.

En la platicadera descubrimos que en esas semanas previas había vivido varias circunstancias personales, con amistades, con su grupo de trabajo, en su familia; yo, que miraba el escenario desde afuera, sin mezclar mis emociones, logré comentarle que miraba súper normal su reacción, que sentía que ella estaba empezando a vivir un momento de transformación, que las crisis eran oportunidades para darle mantenimiento a su estilo de vida y a encontrar nuevas formas de ser feliz, de sentir satisfacción y plenitud.

Me dio muchísimo gusto porque su semblante cambió, es una mujer de rostro tierno y sus ojitos se miraban llenos de ilusión, como cuando sentimos una inyección de energía positiva y vemos qué grandes cosas están por llegar.

Una de las cosas que más me gustaron es que ella me preguntaba: ¿Cómo no caigo en la hipocrecía, si no quiero socializar con nadie? Y yo le respondí (con cierta incertidumbre) que la clave era que hiciera lo que la hiciera sentir bien con ella misma, sin dar explicaciones, sin complacer a nadie, respetando los límites entre su vida y la de su entorno, para que dejaran de afectarle; incluso le dije que no debía dar explicaciones a nadie, que sus amigos no las iban a pedir, simplemente comprenderían su distancia y la buscarían de llegar a extrañarle. En ciertos momentos de la vida, todos los seres humanos necesitamos vivir un poco de aislamiento, marcar distancia de los “nuestros”, para acortar esas mismas distancias con “uno mismo”; es natural y es lo más honesto que podés hacer cuando ese sentimiento te invade. No pasa nada, disfrutá de una pausa, sacale provecho y recargá energías.

Que conste, este tipo de ejercicios no son los que estamos acostumbrados(as) a practicar; usualmente nos forzamos y aparentamos estar bien cuando por dentro somos un cúmulo de emociones, sonreímos y posteamos imágenes felices en Facebook o Instagram para proyectar un estado de ánimo que no es real. Y yo he repetido muchas veces que uno debe “autogestionarse”, pero eso no significa “autoengañarse”, porque el único que sabe cómo anda de verdad es uno(a), si lanzamos una imagen falsa al mundo, nos acostumbraremos a anular nuestras emociones, aparentando y restándole importancia a nuestra realidad.

¡Te invito a escuchar tu voz interior, aprendamos a ser honestos(as) y a respetar nuestros sentimientos!

*La autora es Especialista en Responsabilidad Social y creadora del blog Vida Socialmente Responsable


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