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Opinión por Marta García Terán,

Hoy quiero escribir y no puedo. No me sale la voz, no encuentro las palabras. Me gustaría dedicar este espacio para hablar de la última aplicación que nos tiene de cabeza, darles consejos sobre cómo ayudar a sus hijas adolescentes a cuidar su presencia digital o informarles sobre el último estudio que alguna organización al otro lado del globo ha realizado en base a como niñas y mujeres de todas las edades utilizamos las tecnologías de información y comunicación.

Pero no puedo.

No puedo porque en el último par de semanas  titulares de este diario y de otros medios de comunicación, en la Tv y radio, me han atravesado el cuerpo. Me duelen en el alma y en mi piel. En los dedos con los que tecleo.

El nombre de Vilma Trujillo cruzó océanos y montañas, lejos de la comunidad de Rosita en la que fue torturada y quemada en la hoguera, hasta las portadas de medios globales como BBC o El País, que llevaban la noticia aberrante de que en pleno siglo XXI aún persisten prácticas heteropatriarcales que atentan contra la integridad de todas las mujeres, de todas las edades. Ese día quienes perpetraron violencia contra una de nosotras, recuerden que si tocan a una,  nos tocan a todas; esas mismas personas hablaban de revelaciones divinas. Excusas para el odio.

Días después y ante el estupor de la audiencia, se repite el desprecio por otra mujer, esta vez una adolescente de 15 años a la que tres hombres en sus cabales y sabiendo perfectamente lo que hacían la violan. Uno de los supuestos agresores (el único detenido acusado del hecho) alega que se le metió el diablo. La audiencia clama por datos relacionados a su estado de gravidez o a que si ya estaba teniendo relaciones sexuales en el lugar del hecho. Siempre buscando la revictimización y por supuesto, culpabilizarla.

8 de marzo, miles de millones de mujeres en todo el mundo ejercemos nuestra ciudadanía y de formas diferentes nos manifestamos. Paramos. Ponemos sobre la mesa reclamos basados en nuestros derechos humanos que son universales, inalienables, irrenunciables, imprescindibles e indivisibles. Me sumo desde aquí con un alegato a la reflexión desde el hueco sin palabras.

El hueco sobre el papel se transforma en un hueco en mi estómago porque a escasos 900 kilómetros mis hermanas, mis hijas mueren calcinadas. “La dramática situación en la que los niños, niñas y adolescentes viven en estos hogares es inaceptable. Hoy, más que nunca, debemos insistir en una reforma estructural del sistema nacional de protección” alega Mary McInerney, directora de Save the Children Guatemala.

40 niñas enterradas en el momento en el que escribo corazón en mano estas líneas. Las sobrevivientes están embarazadas. Siguen siendo niñas. Corresponde a los Estados velar por el cumplimiento y la restitución de los derechos de los niños, niñas y adolescentes a través de acciones dirigidas a brindar protección a la niñez y adolescencia en situación de vulnerabilidad y encontrar formas de reintegrarlos en sus familias y comunidades. También deben garantizar los derechos humanos de las mujeres.

No es solo que nos quemen, no es solo que nos violen, no es solo que nos agredan, menosprecien, invisibilicen. Somos personas, somos ciudadanas. Tenemos derecho a una vida libre de violencia, pero cada periódico abierto, cada avance noticioso dice lo contrario.

Maryórit Guevara, en su  blog Fijate que… pone palabras a un sentimiento general: “Te encontrás una m**rda en la calle y ¿qué haces? Te apartás, evitás aplastarla. Estás c*gando en tu casa y ¿qué hacés? Te tomás tu tiempo. Aun cuando la m**rda apeste y sea asquerosa, la tratás con cuidado… o no? Digo, nadie se quiere embarrar. Bueno pues la m**rda en este mundo tiene mejor trato que las mujeres”.

La autora es comunicadora audiovisual y digital con enfoque de derechos humanos


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