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Opinión por Marta García Terán,

Prometía ser una noche tranquila, leyendo algunas noticia por Internet y viendo alguna película. Sin embargo, mi timeline de Twitter auguraba lo contrario. Checando algunos tuits, me encuentro con una periodista feminista a la que sigo y leo. Está denuciando que desde varias cuentas está recibiendo amenazas de muerte.

Sabemos que la violencia existe en medios digitales, adaptándose a la herramienta para continuar reproduciendo relaciones de poder y situaciones que menoscaban la seguridad de las personas. Durante los 16 días de activismo contra la violencia contra las mujeres, a finales del pasado año, desde Enredadas: Tecnología para la Igualdad (enredadasnicaragua.blogspot.com) lanzaron la campaña “Violencias conectadas”. Recopilaron diferentes historias de mujeres sobrevivientes de ciberviolencia machista y las visibilizaron. Esto es importante porque a menudo, pensamos, primero, que esto no pasa en Nicaragua, y segundo, que aquellas acciones violentas que pasan en las redes no son violencia, que no pasa nada porque es “online”.

No es así. Violencia es violencia. Siguiendo con la historia de la tuitera con la que comenzaba estas líneas. En en 140 caracteres y con fotos de mujeres violentadas para ilustrar los mensajes de odio, estaba recibiendo amenazas desde varias cuentas. Obvio, un ataque organizado por varios trolls. Nada aislado.

Para que estemos claras, según Wikipedia: “un trol describe a una persona que publica mensajes provocadores, irrelevantes o fuera de tema en una comunidad en línea, foro de discusión, sala de chat, comentarios de blog, o similar, con la principal intención de molestar o provocar una respuesta emocional negativa en las y los usuarios y lectores, con fines diversos (incluso por diversión) o, de otra manera, alterar la conversación normal en un tema de discusión, logrando que los y las mismas usuarias se enfaden y se enfrenten entre sí”.

Efectivamente eran trolls, pero son también delincuentes. Que no se nos olvide. Porque afortunadamente en muchas legislaciones vigentes, amenazar con asesinar a otra persona es un delito. Así que si vivís una situación similar, no respondás al troll, documentá las amenazas y mensajes (podés hacerlo con pantallazos) y denunciá. Denunciá.

Esta periodista hizo una denuncia pública a través de la misma red en la que se estaba dando el acto de violencia y etiquetó a fuerzas policiales también. Esta denuncia pública sirvió para varias cosas.

La primera, para que los diferentes perfiles que estaban ejerciendo violencia fueran denunciados al momento. Algunos de ellos fueron bloqueados por Twitter al rato.

La segunda, para demostrar la solidaridad desde varios puntos del planeta para con esta tuitera. Mensajes de ánimo, mensajes replicando la denuncia y grandes dosis de sororidad. Sí, sororidad como pacto entre mujeres para querernos, respetarnos y protegernos unas a otras, alegando que si tocan a una, tocan a todas.

Así llegamos a la tercera cosa para la que sirvió la denuncia pública de esta periodista. Para afianzar relaciones entre varias tuiteras en Nicaragua que apoyamos y visibilizamos la violencia que estaba en proceso a miles de kilómetros de distancia. En la conversación sobre qué hacer resultó que “en casa” varias de nosotras estábamos sufriendo situaciones similares. En el espacio seguro que creamos, confesamos, nos acuerpamos, mimamos y continuamos la denuncia, porque como ya he dicho, si tocan a una tocan a todas.

Situaciones como esta seguirán siendo habituales por lo menos hasta que todas las personas entendamos realmente que nadie es mejor que nadie, hasta que la mitad de la población mundial renuncie a privilegios basados en normas sociales construidas sobre la falsa superioridad de un sexo frente a otro (u otros).

¿Qué podemos hacer las mujeres ante este panorama? Unirnos. Sororidad ante la violencia, para que así las noches que queremos tranquilas en Twitter, y en Internet en general, lo sean. Sororidad para que cuando algún acto de violencia ocurra contra nosotras, sepamos que no estamos solas, que nuestra voz se multiplicará con la de nuestras hermanas.

La autora es comunicadora audiovisual y digital con enfoque de derechos humanos
@martascopio


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