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La semana pasada fuimos testigos de dos acontecimientos sumamente importantes para las relaciones interamericanas, que van armonizando y alineando un orden hemisférico americano, con una sustancial mejora de relaciones bilaterales entre Estados Unidos, Cuba y Venezuela.

Y es que la política exterior estadounidense hacia América Latina está en proceso de cambio y ahora se negocia de forma silenciosa, con gobiernos autoritarios, bajo la concepción de la interdependencia económica y política. Es una clara demostración de que la negociación “ganar-ganar” está por encima de los imperativos morales y democráticos.

Los acercamientos se han llevado a cabo a niveles intermedios, con el apoyo de mediadores, en la búsqueda de soluciones rápidas y exitosas para ganar tiempo y mostrar al mundo resultados tangibles que pueden ayudar al presidente Barack Obama a dejar un legado de acercamiento y recomposición de la geopolítica en el hemisferio americano, acercando posturas con gobiernos enemigos, que dejan un buen sabor a los demás gobiernos americanos.

Quizás el legado más importante de Obama será ese acercamiento con la Isla gobernada dictatorialmente por los hermanos Castro desde varias décadas atrás. El anuncio de la reapertura de embajadas es un paso más encaminado a la normalización de las relaciones bilaterales, pero que no será fácil debido a la oposición republicana a este lineamiento de política exterior.

Eso sí, es un proceso donde Cuba gana reconocimiento político, pero además tiene acceso a un comercio dinámico y favorable, que dejará muchos ingresos al gobierno, que se ha visto afectado fuertemente por la grave crisis económica que vive su mayor proveedor, Venezuela.
El giro cubano está marcado por la necesidad de supervivencia. Aunque el análisis nos indica que podría haber tomado la vía china o rusa, naciones en franco expansionismo en nuestro hemisferio, sin embargo, la decisión de reabrir relaciones con EE.UU. deja claro que siguen siendo la mayor potencia del mundo.

Queda aún la duda si estas relaciones estarán marcadas por la necesaria mejora en temas como las libertades individuales (expresión, asociación, política), el respeto a los derechos humanos y la continua liberalización económica, para dar paso a una sociedad más igualitaria y que pueda gozar de los beneficios del sistema democrático.

Venezuela. La sorprendente noticia de reuniones de alto nivel entre Estados Unidos y Venezuela nos dejaron la idea de que si bien son gobiernos diametralmente opuestos y enfrentados por la retórica del sistema amorfo conocido como “Socialismo del Siglo XXI”, tienen varias coincidencias e intereses en común que cuidar y mantener por el bien de ambos.

La grave crisis económica, acentuada por los precios del petróleo al ser una economía monoproductora; la negociación de Cuba; la presión de la oposición a lo interno y a nivel internacional por la falta de democracia y de libertades, y el menor apoyo que recibe el presidente Maduro en su país son parte de los temas que lo han llevado a iniciar negociaciones con EE.UU.

Estas negociaciones, enfocadas principalmente en la política estatal autoritaria venezolana y la recuperación económica, tienen también como trasfondo el posicionamiento estadounidense en las políticas latinoamericanas, en una clara y fuerte ofensiva para recuperar su estatus en un hemisferio donde China y Rusia estaban posicionándose como grandes aliados.

Finalmente. Más allá de los pasos que se han dado para normalizar las relaciones con ambos países, Estados Unidos está apostando a recuperar credibilidad e influencia en el hemisferio que antes estaba casi al servicio de la política exterior estadounidense. Asimismo, tanto Cuba como Venezuela reconocen el poderío aún vigente de Estados Unidos y suavizan sus posiciones para encontrar vías de diálogo que los lleven a obtener más beneficios económicos, comerciales y de cooperación ante sus maltrechos índices económicos y sociales.

Por Ricardo De León Borge


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