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Cuando Mana Izumi se hizo su primer tatuaje, a los 18 años, no buscaba rebelarse ni romper ningún tabú, simplemente quería imitar a la artista pop Namie Amuro. Pero en Japón los tatuajes estuvieron asociados durante siglos a los criminales y a la mafia, una idea todavía muy arraigada.

Totalmente bronceada, con el cabello rubio platino y medio cuerpo tatuado, Mana Izumi, una exactriz porno de 29 años, no pasa desapercibida.

“No era realmente una seguidora de Amuro pero me parecía bonito”, explica a la AFP. “Cuando mi madre vio mi tatuaje por primera vez, rompió a llorar y creí que mi padre me mataría. Pero es que me gusta ser un poco diferente”.

En Japón los tatuajes aún despiertan unas reticencias profundamente ancladas.

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Un pequeño dibujo sobre la piel todavía provoca la exclusión directa y sin discusión de los baños públicos de agua caliente (onsen), de las piscinas, las playas y, bastante a menudo, hasta de los gimnasios. “Es lamentable ver cuántos prejuicios hay contra los tatuajes”, denuncia Mana Izumi, mientras le tatúan una calavera azteca en la pierna por 400 euros.

“La gente puede pensar que parezco un poco loca”, añade, fumando tranquila. “Pero no lamento tatuarme”.

Japón tiene una relación complicada con los tatuajes desde hace tiempo.

En el siglo XVII, se marcaba a los criminales como castigo. Y, en la actualidad, los yakuza expresan su fidelidad a sus organizaciones criminales con el tradicional “irezumi”, que cubre todo el cuerpo.

Cuando Japón se abrió al mundo en el siglo XIX, se prohibieron los tatuajes, la desnudez en público o los encantadores de serpientes, porque las autoridades temían que los extranjeros consideraran a los japoneses como “primitivos”, según Brian Ashcraft, autor de “Japanese Tatoos: History, Culure, Design”.

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Al mismo tiempo, miembros de familias reales europeas iban a Japón para tatuarse, por la buena reputación del país en ese arte.

La prohibición fue levantada en 1948 por las fuerzas estadounidenses de ocupación, pero el estigma no terminó de borrarse entre los japoneses.

“Ven un tatuaje y piensan ‘yakuza’ en lugar de admirar la belleza de esta forma de arte”, lamenta Ashcraft. “Mientras eso no cambie, los tatuajes seguirán existiendo en una zona gris”.

Las autoridades suelen mirar hacia otro lado, pero las redadas recientes y las multas sembraron confusión entre los tatuadores nipones, de los que habría unos 3.000.Una batalla judicial ha causado estragos. Un tatuador de Osaka (oeste), Taiki Masuda, fue detenido en 2015 por práctica ilegal de medicina y condenado a una multa de 300.000 yenes (2.300 euros).

Una circular del Ministerio de Salud que databa de 2001 calificaba el tatuaje de acto médico porque conlleva el uso de agujas. Tras un largo y polémico proceso de apelación, la condena fue anulada.

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