Previous Next

Mundo por Esperanza Arias ,

Durante una semana Metro se internó en el selvático departamento de Chocó, a lo largo del vasto río San Juan, que le sirve de carretera a las poblaciones que lo rodean, para poder contarle, desde adentro, cómo se vive el cese al fuego con el antiguo grupo guerrillero, que hoy negocia un acuerdo de paz con el Estado.

Profe, es mejor comer callao”, le dijo un hombre afro a otro que conversaba con él sobre la inseguridad y los casos de corrupción que se denuncian en el Consejo Comunitario del San Juan. “Cuando tenga que hablar, hablo, así me maten”, le respondió el otro.

El río San Juan es un afluente que se recorre desde Istmina hasta Buenaventura en un poco más de ocho horas, dependiendo de la rapidez y maniobra del conductor de la lancha. Como es la única vía de acceso que históricamente ha tenido esa zona de Chocó, las comunidades afro e indígenas que la habitan están ubicadas en las riberas, en algunos casos, en construcciones de palafitos y en otras, dejando pocos metros de tierra entre las casas y el agua.

Es difícil acceder. El transporte fluvial es tan costoso que quienes viven en esas poblaciones salen a Buenaventura, Cali o Quibdó para lo estrictamente necesario: ir al médico, comprar ropa o alimentos. Eso, sumado a las precarias condiciones económicas, hacen del San Juan un sector vulnerable a la violencia.

Pese a que siempre se ha sabido de la presencia de las Farc, el Eln y las Autodefensas Gaitanistas de Colombia –Auc o Clan del Golfo— el Ejército solo cuenta con un puesto de control casi en la desembocadura del río.

El resto del camino hacia el corazón del Chocó es tierra de nadie. Tierra que ha sufrido por el narcotráfico y por la contaminación de sus aguas.

Por eso, sus habitantes saben que, aunque la autoridad sea ejercida por las Fuerzas Armadas, en representación del Estado, el control lo tiene el Eln, específicamente el Frente de Guerra Occidental Ómar Gómez, dirigido por el comandante ‘Uriel’.

Durante el día, sus miembros se dejan ver en pequeños grupos, vestidos de civil, caminando por los caseríos. En la noche recorren el río San Juan con su uniforme, con linternas en sus cabezas y con una bandera roja y negra que se ondea rápidamente al cortar el viento, en la que resaltan las tres letras blancas que identifican al grupo.

El 30 de octubre de 2017 estaba junto al fotógrafo Juan Pablo Pino en una casa a orillas de un afluente que desemboca en el San Juan. Al fondo solo había una espesa selva en la que se mezclaban los sonidos de los animales con las gotas de lluvia. Llevábamos más de 24 horas esperando encontrarnos con el comandante ‘Uriel’, pero la reunión se había aplazado por la presencia de helicópteros del Ejército que sobrevolaban la zona a muy baja altura, pese al cese al fuego que se decretó desde el 1 de octubre. Ellos aprovechan que no serán atacados por la guerrilla para desembarcar unidades en los lugares donde hay siembras de coca para erradicarlas manualmente.

“Con el cese al fuego con el ELN uno por lo menos duerme”. Líder social, miembro del Consejo Comunitario del San Juan, en Chocó.

La noche anterior, dos ‘elenos’ que nos habían recogido en uno de los pueblos, buscaban entre las casas abandonadas en la ribera del río una antena que les serviría para conectarse a Internet. “Es urgente”, nos decían, sin darnos mayor explicación mientras acercaban la lancha a la orilla y alumbraban el terreno con una linterna.

La antena fue de gran importancia porque se convirtió en el puente entre la selva y la ciudad para comunicarles a los colombianos, a la misión de verificación del cese y al Gobierno, que el Frente Occidental aceptaba su responsabilidad por la muerte del gobernador indígena Aulio Isaramá Forastero.

41 días de cese al fuego con el ELN han transcurrido hasta la fecha con una sola violación, cometida por miembros de la guerrilla en el Alto Baudó.

El comunicado fue publicado en la mañana de ese 30 de octubre, a pocos metros de la casa en la que esperábamos, impacientes, por ver de cerca al comandante que meses antes dejó que las cámaras lo captaran durante la liberación del político Odín Sánchez.

Esa misma tarde, las unidades del Eln empezaron a trasladarse en lanchas rápidas. Tenían que cambiar de lugar porque sabían que el Ejército ya los tenía ubicados. Una de las embarcaciones bajó la velocidad y se acercó a la casa. “¿Se van con nosotros o se quedan?”, dijo con voz fuerte una guerrillera. El camino hacia otro lejano lugar lo compartimos con seis ‘elenos’ y con Arcos, Coronel y Azucena, tres perros, uno de los cuales fue abandonado por las Fuerzas Militares en medio de operativos. Finalmente, al llegar a la población, otra de las tantas que se consume en el olvido en medio del San Juan, apareció un hombre alto, delgado, de tez morena quemada por el sol, y con su rostro tapado dijo: —“Muchachos, bienvenidos. Qué pena hacerlos esperar tanto tiempo. Mucho gusto, ‘Uriel’”.

1964 fue el año en el que se conformó el ELN, que por décadas fue la segunda guerrilla más grande del país. Hoy, tras la desmovilización de las FARC, es la más grande.

Quienes viven en esa comunidad, conformada por no más de 50 casas, miraban con desconfianza a los periodistas que habían bajado de la lancha, mientras que sonreían y charlaban con los guerrilleros que también acababan de llegar.

Ellos hacen parte de su cotidianidad y después de la retirada de las Farc, al firmar el acuerdo de paz, sintieron temor por el regreso de los paramilitares, de las amenazas y de los asesinatos de quienes se atreven a oponerse a la erradicación de cultivos.

“Con el cese al fuego uno por lo menos duerme”, me contó un líder comunitario de 72 años, a quien se le reserva su identidad por seguridad. Él recuerda que la semilla de la coca la llevaron a Chocó los paramilitares y con ella llegó el dolor. Hoy, por lo menos, el acuerdo del cese al fuego les brinda una seguridad y, aunque el Ejército sigue quitándoles la coca, que es su único medio de sustento en un departamento en el que reina la pobreza, no sienten el riesgo de ser atacados por estar en el mismo sitio con el ELN.

Los días junto a la guerrilla pasan en calma, algunas veces con un sol inclemente y otros bajo una lluvia incesante, mientras los líderes del bloque nos cuentan sobre lo que le podría pasar a la población si ellos llegan a abandonar los territorios en caso de firmar un acuerdo de paz y cómo logrará el Gobierno solucionar el problema de la coca, si ni siquiera el programa de sustitución de cultivos ilícitos que se pactó con las Farc ha sido efectivo.

“La coca no la podemos erradicar porque iríamos en contra de los campesinos y tampoco tenemos cómo ayudarlos con un proyecto productivo para que la reemplacen”, dicen.

Un oasis de calma en medio de una guerra

Decir que se puede llevar una vida normal en medio del conflicto, y más siendo parte de él, no es posible. Sin embargo, el alto al fuego acordado por el gobierno colombiano y la guerrilla del Eln permite que haya un poco de tranquilidad en medio del peligro.

La ausencia de hostilidades hace posible que los esfuerzos de las tropas guerrilleras se concentren en estudiar, entrenarse, estrechar vínculos con las comunidades y saber con más precisión lo que sucede en Quito. El cese es como un respiro en una guerra que pareciera no tener fin.


Noticias Relacionadas