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Especiales por Metro Internacional,

En la mayoría de historias de amor que nos han vendido, las mujeres atraviesan un sinfín de problemas, pero todo parece acabar con la llegada del príncipe-macho que se casa con ellas, a quien le juran amor eterno y les soluciona la vida convirtiéndolas en reina y llevándolas a sus lujosos castillos. Y es que el amor como construcción social ha sometido a las mujeres y ha determinado la forma en la que se dan las relaciones de pareja.

Mari Luz Esteban Galarza, Rosa Medina Doménech y Ana Távora Rivero, a través de su estudio sobre las ‘Nuevas Posibilidades para el Estudio de las Desigualdades de Género’, han comenzado una investigación exhaustiva acerca de las relaciones amorosas y su impacto en la desigualdad. Las tres especialistas en antropología, psiconanálisis e historia de la ciencia concluyen que el amor es un conjunto de emociones, pero también se refieren a él como “un regulador de las emociones en las sociedades contemporáneas de consumo y de medios de comunicación, donde las emociones son un mercado en crecimiento y no solo para las ciencias sociales y humanas. Así, el amor se ha convertido en Occidente en uno de los motores principales de la acción individual y colectiva, que afecta directamente a la vida de las personas”.

Es necesario entender que el amor no siempre significó la dominación de las mujeres, Anthony Giddens, sociólogo y autor del libro ‘La transformación de la intimidad. Sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas’, habla sobre la manera en la que mujeres y hombres se relacionaban en épocas anteriores y cómo fue la transformación que ensalzó al amor romántico y condenó el deseo sexual en las mujeres.

El autor señala que en la cultura de Occidente ha habido una inclinación a estudiar el sexo y la relaciones que se dan alrededor de él, pero que desde tiempos inmemorables, el placer sexual ha sido estigmatizado. Asegura que entidades como la iglesia se han encargado de darle una connotación negativa al placer sexual y lo han catalogado como ‘impuro’.

En cuanto al amor en el siglo XVII, según Giddens, las novelas aparecieron como la primera literatura de masas que alimentaba al ‘amor ideal’: “La difusión de los ideales del amor romántico fue un factor para desligar el lazo marital de otros lazos de parentesco y a darles una significación especial. Esposos y esposas comenzaron a ser vistos como colaboradores en una empresa emocional conjunta, esta tarea era más importante que sus obligaciones hacia los hijos”.

En este mismo siglo, en Alemania, “los besos, las caricias y otras formas de afecto físico, asociadas con el sexo, eran raras entre las parejas casadas debido a que se trataba de relaciones arregladas en las que se priorizaba  lo económico y se dejaba de lado la atracción sexual mutua. Dos siglos más tarde se comenzaron exhaustivas investigaciones sobre el sexo, pero la sexualidad femenina fue tratada como el origen de algo patológico, considerado por varios estudiosos como histeria. Así, el placer de las mujeres fue condenado y rechazado como necesidad y derecho de las mujeres, sobre todo si se realizaba fuera de una institución como el matrimonio.

El amor romántico

El sociólogo británico señala que, ante la estigmatización de las relaciones sexuales y del placer femenino comenzaron a surgir conceptos como el amor romántico: “En este tipo de amor  los afectos y lazos, el elemento sublime del amor, tienden a predominar sobre el ardor sexual. La importancia de este punto difícilmente puede ser sobreestimada”.

En ‘Transformación de la intimidad’, Giddens cita una investigación de Sharon Thompson realizada en la década de 1980, donde la investigadora encontró que: “Los hombres hablaban principalmente de episodios sexuales esporádicos, tales como una experiencia heterose­xual temprana o de diversas conquistas sexuales”. Giddens lo explica de la siguiente manera: “Cuando preguntó a las chicas, por otro lado, Thompson encontró que cuando hablaba con mujeres, ellas relataban historias más largas en las que incluían, detalles de la relación. Los hombres, por su parte, cuando hablaban de relaciones se referían solo al sexo, dejando de lado los sentimientos de su pareja”.

En el estudio, Thompson destaca que: “Las mujeres hemos desarrollado un amor romántico, un amor idealizado y reforzado por los medios de comunicación acerca del deber ser, mientras que los hombres han sido educados para permanecer pasivos”.

¿Hacia dónde vamos?

Anthony Giddens propone el concepto de amor confluente que ha definido así: “El amor confluente es activo y por consi­guiente, choca con las expresiones de ‘para siempre’, ‘solo y único’, que se utilizan por el complejo del amor romántico. La sociedad de las separaciones y de los divorcios de hoy aparece como un efecto de la emergencia del amor confluente más que como una causa. El amor más confluente tiene la mayor posibilidad de convertirse en amor consolidado; cuanto más retrocede el valor del hallazgo de una ‘persona especial’, más cuenta la ‘relación especial’”.

El amor confluente…

Con la presencia del feminismo, la conquista de algunas libertades de las mujeres y la lucha por la formación de un nuevo orden social, no es extraño que las relaciones hayan dado un giro. El amor romántico con todo lo que conlleva, no responde a la realidad que se vive. Giddens apunta que en el amor romántico, las personas desean compañeros de vida con los que se sientan atraídos y exista una vinculación mutua. En este tipo de amor “se refuerzan las diferencias establecidas entre masculinidad y femineidad”.

El amor confluente presupone igualdad, en el dar y recibir emocional, a diferencia del amor romántico en el que la mujer es la que convencionalmente da más y el hombre es más frío o inaccesible, el amor confluente solo se desarrolla si ambas partes están preparadas para revelar preocupaciones y necesidades a la otra persona. En él se ve al sexo como algo relevante, busca la realización de un placer sexual para ambas partes.

A la hora del sexo, el amor romántico es en sí un placer sexual, la satisfacción sexual o la felicidad están implícitas en el romance. Por su parte, el amor confluente ve al sexo como algo más relevante, busca la realización de un placer sexual para ambas partes. Así, este tipo de amor se alza como el amor de la nueva era y de las generaciones de hombres y mujeres en busca de equidad, individualidad y autorrealización en compañía de una pareja y no a través de ella.


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