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Hablemos de este disco, que trae sonidos nuevos  y géneros que evocan el pasado. En una época donde todos quieren hacer música futurista, usted se devuelve a la raíz…

Creo que incluso el hacerlo de manera orgánica es futurista (risas), porque siento que va a regresar en algún momento. Todo regresa. El álbum se llama Norma, mi primer nombre es ese, tiene 10 canciones y cada una relata una etapa de una relación de pareja. Es la primera vez que hago un álbum más de diseño, porque escribí conscientemente cada canción pensando en las etapas del amor.

Por ejemplo, la número uno es una cumbia, que se llama Ronroneo, la número dos es un danzón que relata la etapa sexosa de la relación, cuando uno conoce a alguien y se la pasa todo el tiempo en eso. La canción tres es una salsa, Por qué me fui a enamorar de ti. Y ahí pasé del sexo a la etapa de ‘me enamoré y no quería porque estaba comprometido’.

La cuatro es Quédate esta noche, una balada que dice como, ‘ok, tengo conflictos y no sé si quiero meterme en una relación’. La cinco se llama Caderas blancas y es una declaración de amor y de libertad. La seis es un mambo que habla acerca de los celos. La número siete es El beso, cuando empieza a dejar de funcionar la relación, pero uno dice ‘pasémosla bien y sigamos adelante, esto huele a beso de despedida’.

La ocho es Cumbia para olvidar, que es una canción más densa, de cuando las cosas no van bien. La nueve es mi favorita, se llama Funeral y es un bolero, cuando ya todo terminó y está la relación en esa etapa de hastío con la pareja. La última es una bachata que dice: ‘Si alguna vez nos volvemos a ver, gracias por lo que vivimos’, que sería lo ideal, aunque casi nunca terminan así. 

Mon Laferte. Foto: Archivo.

 

El álbum lo grabé en vivo todo, en Capitol Studios en Los Ángeles, que es un estudio muy importante. Tocamos una vez cada canción de corrido, y ya, ese el álbum. No hay truco, porque hoy todo está muy arreglado, y este no, lo que se tocó ese día es el álbum. Precisamente, como cuento una historia, me parecía que tenía que tener este aspecto teatral. Sentía que grabarlo así me iba a dar además esa textura cinematográfica. Hay una cosa también de ego, de decir que yo puedo cantar así, de corrido, sin que me afinen la voz.

¿Quería que fuera más orgánico?

Sí, la verdad es que yo abrazo todos los estilos de música y soy muy de mente abierta para todo. Pero también hay una parte de mí punk y rebelde en el fondo, que está un poco molesta con una industria que ocupa demasiado espacio.

Y está bien que exista música bailable y arreglada, pero de pronto siento que hay un montón de proyectos superinteresantes allá afuera (gente que toca la guitarra, que canta bien, que compone) y que esos espacios no están siendo ocupados por los artistas reales sino por artistas que son más bien rostros de un marketing detrás de ellos. Y está bien, pero la balanza se tiene que nivelar un poquito. Que se hagan más discos en vivo, a ver si alguien más se suma, no sé. Es mi idea romántica rebelde.

Norma, ¿le gusta que le digan norma?

Odiaba que me dijeran Norma (risas), pero es una parte de mí. Lo que pasa es que mi abuela se llamaba Norma, mi mamá se llama Norma y a mí me pusieron Norma, entonces no me gustaba ser la ‘Normita’, además me parecía un nombre demasiado duro, y decidí que me dijeran Monserrat. Por eso ahora ponerle al álbum Norma fue para mí como una reconciliación con el nombre.

En la portada del disco la vemos a usted cortando una cebolla, ¿cuál es la simbología en esta imagen?

En Chile hay un género al que se le dice ‘música cebolla’, que es esa la que te hace llorar. Es música muy dramática, y en un momento en Chile el término era despectivo, porque era de la clase social baja. Yo vengo de clase popular y efectivamente hago música cebolla y lo grito a los cuatro vientos. En Chile se dice la frase: ‘Uy, estái picando cebolla’, o ‘te la estái picando finita’, que quiere decir que estás cantando cosas demasiado tristes, porque entre más finita, más lloras (risas). Siento que mi música es bastante ‘cebolla’, aunque en un general hay cosas divertidas, pero ese es su espíritu principal.

También siento que este álbum tiene bastante de humor, o sea, hay una cosa tragicómica en esto de llevar el dolor hasta algo tan extremo que se convierte en una caricatura. Quise eso en la portada, que para mí no es seria, es graciosa. Vamos a llorar con las canciones, entonces vamos a picar la cebolla (risas).

¿Es una reconciliación con cosas que tal vez estaban mal vistas?, ¿es su forma de decir ‘esta soy yo’?

Sí, y creo que uno con los años se va aceptando cada vez más. La aceptación al nombre, a la clase social (aunque siempre la acepté, eso sí) y a las cosas que hago, ya con los años, porque uno se vuelve más relajado. No soy nadie, nada es importante. ¿Qué importa que me llame Norma, o que me llame como me llame? (risas).

El disco pasa por varios géneros: bolero, cumbia, salsa, ¿cómo eligió los sonidos que quería incluir?

El disco es una historia y todas las canciones tienen video. Entonces, agarré una hoja y dije: ‘Ok, primero uno se enamora, y ¿cuántas canciones después para que empiecen los problemas?’. Nunca había hecho algo así. Me pareció que la cumbia estaba bien para iniciar porque es como sabrosa, pero lenta. Después me imaginé que lo más sensual era el danzón, y fui eligiendo conscientemente los estilos según lo que sentía que contaba mejor la historia.

Por ejemplo, el mambo habla de los celos, y yo quería decir demasiadas cosas, y en el mambo no hay tanta letra, pero me parecía que el ritmo era agresivo y me servía para eso. Le metí un rap, nunca había rapeado (risas) porque puedo decir muchas cosas. Aproveché y dije todo lo que quería decir. Funeral es un bolero y el bolero siempre va directo al corazón.

Llama mucho la atención que haga este disco en una sola toma, pero muchas veces los artistas revelan que lo que más les gusta de sus álbumes son las imperfecciones, el error, y aquí usted se muestra tal cual es, ¿se identifica con esto en este disco?

Claro. Yo creo que justamente ahora la gente, el mundo tiene demasiados filtros. Cada vez, la sociedad en la que vivimos nos está convenciendo de que no somos suficiente y que tenemos que arreglar todo. ¿Cuántas veces la gente no se ha visto tomándose cinco o seis veces la misma foto buscando el ángulo para verse mejor? En la música es igual, es absurdo, yo he visto trabajos de estudio donde la voz es un trabajo de ingeniería fina. Agarran y editan. Así cualquier persona en el mundo puede cantar, cualquiera.

Mon Laferte. Foto: Cortesía.

 

Son demasiados filtros, y yo creo que el arte es muy diferente de lo que es la industria del entretenimiento. El arte entre más crudo y con menos filtro, más directamente llega. Y eso es lo que busca el arte, finalmente, provocar algo en la gente. Cuando uno va a un museo y se encuentra con una pintura, a veces no sabe qué tiene, pero algo le pasa a uno cuando la ve. Se emociona. Esa es la labor del arte provocar emociones y para que eso suceda no pueden existir filtros.

En este disco solo hay una colaboración, ¿con quién es?

Es con un cantautor mexicano que respeto mucho, porque para mí es de los mejores. Se llama David Aguilar y compusimos la última canción del disco juntos.

A mí me cuesta hacer canciones con otra gente, porque siento que componer es algo muy personal. Pero con él nos juntamos y me pareció bonito hacerla para el final del disco, porque dice: “Si al final nos volvemos a ver…”.

Yo creo en las colaboraciones genuinas y me gustan porque aprendes de la gente, como pasó con Juanes, mas no sé si estoy contenta con todas las colaboraciones que hay ahora, donde no sabes ni de quién es la canción (risas).

Autoras: Laura López, Lizeth Cadena y Catalina Forero.

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