La marcha fue reprimida por la policía con golpes de porra, botes de humo y balas de goma. Pero la semilla ya estaba plantada para que esa sociedad intolerante se convirtiera en referente internacional. / Getty Images
La marcha fue reprimida por la policía con golpes de porra, botes de humo y balas de goma. Pero la semilla ya estaba plantada para que esa sociedad intolerante se convirtiera en referente internacional. / Getty Images

Destacado, Mundo por AFP,

Hace 40 años su condición sexual podía llevarlos a la prisión. Ahora el colectivo LGTB español celebra con orgullo en el WorldPride de Madrid el cambio radical del país católico iniciado por 4.000 valientes manifestantes en Barcelona.

“Pensába que seríamos cuatro gatos, pero eso estaba abarrotado”, recuerda Josep Maria Raduà, de 73 años, que acudió ese 26 de junio de 1977 a la primera marcha del Orgullo Gay en las céntricas Ramblas de Barcelona.

En las fotografías se ven a transexuales en la cabecera, hombres sin camisetas y espesos bigotes, mujeres enseñando las nalgas y numerosas pancartas contra la persecución de la homosexualidad.

“Lloré”, reconoce Joan Andreu Bajet, de 66 años. “No sólo salíamos de un largo silencio, habíamos dado la cara. Habíamos dicho +soy gay, soy gay+, no sólo a nuestros colegas, sino a todo el mundo”.

La marcha fue reprimida por la policía con golpes de porra, botes de humo y balas de goma. Pero la semilla ya estaba plantada para que esa sociedad intolerante se convirtiera en referente internacional.

“Muerte social”

España vivía un estallido de libertades tras 36 años de dictadura de Francisco Franco (1939-1975), marcada por la represión contra aquello que se escapara del nacionalcatolicismo imperante.

Se acababan de celebrar las primeras elecciones democráticas cuando el movimiento LGTB decidió salir del ostracismo con esa marcha. Con sólo 18 años, Maria Giralt descubrió allí que había más gente como ella.

“Desde los 14 sabía que me gustaban las mujeres pero ni siquiera conocía la palabra +lesbiana+. El tema era tabú y lo vivías con soledad e incomprensión”, recuerda.

El franquismo castigaba la homosexualidad con entre tres meses y tres años de prisión. Entre 3.000 y 5.000 personas fueron enviados a la cárcel, divididos entre activos y pasivos para su “rehabilitación”.

“Era un peligro constante, como una espada de Damócles encima la cabeza de cada gay y lesbiana”, afirma Empar Pineda, de 73 años.

Pero “no fue una caza masiva, más bien algo selectivo como aviso a navegantes”, explica Arturo Arnalte, autor del libro “Redada de violetas” sobre esta represión.

Lo peor era “el estigma social, la pérdida de trabajo, el ridículo, la presión familiar, el abandono de los amigos… Se nos consideraba enfermos, viciosos, anormales”.

“Ser gay era tu destrucción social, tu muerte social”, recuerda Joan Andreu Bajet, del Frente de Liberación Gay de Cataluña, organizador de esa primera marcha.

Inspirados por el Orgullo de Nueva York, prepararon secretamente esa protesta en las Ramblas, donde entonces se concentraban los bares de ambiente.

 La revolución española

Al año siguiente se celebró el primer Orgullo en Madrid.

En 1979 la ley de peligrosidad social sería derogada y en 1987 se reconoció la transexualidad… Y ese año Pedro Almodovar estrenó “La ley del deseo”, la historia de un cineasta gay y su hermana trans, con escena de sexo anal incluida.

El apogeo llegó con el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero que legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo en 2005 pese al furibundo rechazo de la derecha y la iglesia. Era el tercer país en hacerlo después de Holanda y Bélgica. En esa misma ley también se legalizó la adopción por parejas homosexuales.

“Fue revolucionario”, se emociona Evelyne Paradis, directora ejecutiva en Europa de la Asociación Internacional LGTB (ILGA).

“Tener el ejemplo de España, un país con fuerte influencia religiosa (…) tuvo un gran impacto”.

El cambio fue “a todos los niveles”, también en aceptación social, señala Amanda Rodríguez, portavoz de la federación española LGTB (FELGTB) y comisaria de una exposición de sus 40 años de activismo en Madrid.

Un 90% de los españoles acepta la igualdad en derechos de los LGTB, el tercer mejor resultado en un estudio de la Comisión Europea, después de Suecia y Holanda.

Pero el país cae varios peldaños cuando preguntan si aceptarían un líder político o un compañero de trabajo homosexual.

“Estamos todavía lejos de la igualdad real”, lamenta Maria Giralt.

Según FELGTB un 30% del colectivo sufre discriminación laboral. Y en 2016 datos oficiales arrojan un aumento del 36% de los delitos de odio por orientación o identidad sexual.

Aun así, “hemos cambiado mucho”, asegura Josep Maria Raduà. “Hace 40 años, la policía nos aporreaba. Hace un mes nos entregó una placa de reconocimiento a nuestra fundación” de ayuda a personas mayores LGTB.

Y el 1 de julio participará en la manifestación WorldPride en Madrid una asociación de policías LGTB.


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