"El juez Gorsuch tiene excelentes habilidades legales, una mente brillante y una tremenda disciplina", dijo Trump en la Casa Blanca /Getty Images
"El juez Gorsuch tiene excelentes habilidades legales, una mente brillante y una tremenda disciplina", dijo Trump en la Casa Blanca /Getty Images

Destacado, Mundo por EFE,

Neil Gorsuch juró hoy su cargo como nuevo juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos de la mano del presidente Donald Trump, ocupando de manera oficial el noveno asiento de la máxima corte del país, vacante desde hace más de un año.

En una ceremonia pública en los jardines de la Rosaleda de la Casa Blanca, y ante todos los miembros de la corte, el juez Anthony Kennedy tomó el juramento a Gorsuch, quien se convirtió así en el juez número 101 del alto tribunal, de cargo vitalicio.

Antes del juramento, el presidente pronunció unas palabras ante los asistentes para resaltar los valores del juez entrante y también recordar al Antonin Scalia, quien ocupara ese cargo hasta febrero del año pasado, cuando falleció de manera inesperada.

Trump subrayó la dilatada carrera del nuevo juez como magistrado federal, y aseguró que “decidirá en los casos basándose no en sus preferencias personales, sino en una lectura justa y objetiva de la ley”.

Asimismo, el mandatario insistió en la “incuestionable integridad” de Gorsuch, sus “inigualables cualificaciones” y su “profunda fe en la Constitución estadounidense”.

“Lo más importante que hace un presidente de Estados Unidos es nominar a gente para puestos como este de juez de la Corte Suprema, (…) y en este caso es un gran honor”, dijo Trump, al presidir la ceremonia, anotándose una de sus primeras victorias al conseguir confirmar al juez en sus primeros cien días en la Casa Blanca.

“Este país está bendecido al poder contar con su sabiduría, imparcialidad y justicia, trabajará bajo la leyes, y no sobre ellas. (…) Protegerá la Constitución no sólo hoy, sino para muchas generaciones venideras”, agregó Trump.

El magistrado honró las palabras de Trump y, durante sus audiencias de escrutinio en el Senado, respondió pausadamente a todas las preguntas y no cedió ni un ápice ante los ataques de los legisladores demócratas, que le acusaron de favorecer a las grandes corporaciones y dejar de lado a los ciudadanos.

Para mostrar su simpatía por las empresas, los demócratas repitieron una y otra vez el caso de un camionero que en 2009 tuvo que parar su vehículo por un fallo en los frenos y, ante las bajas temperaturas, decidió desobedecer las órdenes de su supervisor y abandonar el camión, que no tenía calefacción y no arrancaba.

El camionero recurrió su despido por considerarlo improcedente, pero en agosto de 2016 Gorsuch falló en su contra desde el Tribunal de Apelaciones del Décimo Distrito, una instancia inmediatamente inferior al Supremo y en la que ha vestido la toga durante más de diez años.

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“En mi tiempo en el puesto, siempre he tratado de dar el mismo tratamiento a los ricos y a los pobres”, se defendió Gorsuch.

Para irritación de los demócratas, el juez consiguió esquivar las preguntas más difíciles y evitó pronunciarse sobre al aborto, el matrimonio entre las personas del mismo sexo o la financiación de campañas políticas, cuya dinámica cambió en 2010 el Tribunal Supremo al permitir donaciones ilimitadas.

Los demócratas querían ver si Gorsuch tiene voluntad para oponerse a Trump, pues el Tribunal Supremo posiblemente tendrá la última palabra en algunos de los decretos del presidente, como el veto para prohibir temporalmente la entrada a EE.UU. de refugiados e inmigrantes, actualmente bloqueado por dos jueces.

Lo máximo que pudieron arrancarle los demócratas fue: “Nadie está por encima de la ley, ni siquiera el presidente”.

Con 49 años, Gorsuch se ha labrado fama de conservador y cuenta con el visto bueno de los poderosos grupos de la derecha cristiana, como Judicial Crisis Network, que recaudó 10 millones de dólares para impulsar su confirmación con anuncios de televisión y acciones publicitarias en iglesias.

Estos grupos adoran a Gorsuch porque, en varias ocasiones, ha defendido la libertad religiosa ante las regulaciones del Gobierno.

Uno de los casos que le catapultó a la fama es el de la compañía de artesanía Hobby Lobby, que demandó al Gobierno para no ser obligada a proporcionar a sus empleados seguros médicos con cobertura de anticonceptivos, como establece la ley sanitaria proclamada en 2010 por el Gobierno de Barack Obama y conocida como “Obamacare”.

En un falló de 2013 de la Corte de Apelaciones del Décimo Circuito, Gorsuch consideró que la ley sanitaria obligaba a la compañía Hobby Lobby y a otros grupos religiosos a “violar su fe religiosa al obligarles a prestar un grado inadmisible de asistencia” que vulneraba sus creencias.

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Más allá de su fallo sobre la ley de salud, Gorsuch es conocido por su respaldo a la pena de muerte y su firme oposición a la eutanasia y el suicidio asistido.

En su libro “El futuro del suicidio asistido y la eutanasia” (2009) el juez analiza las cuestiones éticas y legales relacionadas y concluye que no se debe legalizar la eutanasia porque “todos los seres humanos son intrínsecamente valiosos y la toma intencional de una vida es algo que siempre es un error”.

Defensor de los valores “tradicionales” de EE.UU., Gorsuch se crió en Colorado aunque conoce bien los entresijos políticos de Washington, donde su madre, Anne Gorsuch Burford, trabajó entre 1981 y 1983 como directora de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) bajo el mando del republicano Ronald Reagan.

Comenzó su carrera legal en la década de los 90, trabajó durante un año para el juez conservador del Tribunal Supremo Anthony Kennedy. Después, ayudó al expresidente George W. Bush en el Departamento de Justicia y acabó, en 2006, siendo nombrado por el exmandatario para la Corte de Apelaciones del Décimo Circuito.

Con el puesto ya en el bolsillo, muchos ven en Gorsuch un reflejo de los principios propugnados por el fallecido juez conservador Antonin Scalia, cuyo puesto ocupará en el Tribunal Supremo.

Tanto Scalia como Gorsuch interpretan la ley conforme a la corriente del “originalismo”, una doctrina judicial según la cual la Constitución de Estados Unidos debe interpretarse como lo harían sus autores del siglo XVIII y no conforme a los cambios de la sociedad actual.


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