La selección de Nicaragua exhibió un mejor futbol que la de la Haití y se quedó con el botín. /Melvin Vargas
La selección de Nicaragua exhibió un mejor futbol que la de la Haití y se quedó con el botín. /Melvin Vargas

Deportes, Futbol por Alejandro Sánchez S.,

Empujados por una fe inquebrantable, con hambre y sed de triunfo, sin temores o distracciones, 23 guerreros vestidos de azul y blanco, escribieron con tinta dorada el pasaje más hermoso en la historia del balompié nicaragüense, un relato que habla de esperanzas, sacrificios, agallas, bravura, inteligencia y amor. Amor hacia el futbol, a la afición y a una nación que cada día se enamora más del llamado “deporte más hermoso del mundo”, amigo lector, usted tendrá su criterio.

El martes por la noche, en el Estadio Nacional de Futbol, mismo escenario donde aquel 8 de septiembre del 2015 unos 20,000 aficionados lloraron la eliminación de Nicaragua ante Jamaica de las Eliminatorias Mundialistas, unos 17,000 derramaron esta vez sus lágrimas cubiertas con un manto de alegría, tras el triunfo 3-0 de la tropa pinolera sobre Haití que le permite participar por segunda vez en una Copa Oro, tras haberlo conseguido en 2009. En aquel coloso ponderó el regocijo, jugadores, cuerpo técnico, aficionados y directivos celebraron un suceso de considerable magnitud.

Barrera restableció la fe de los fanáticos. Duarte creyó en la victoria y se arriesgó

Cuatro días antes, en la capital haitiana de Puerto Príncipe, los nicas recibieron tres goles que golpearon severamente la fe de la fanaticada pinolera, pero un gol de Chavarría dejó encendido un bombillo de esperanza, suficiente para aglomerar a miles en el juego de vuelta ante los caribeños. La afición respondió al llamado y los jugadores compensaron ese apoyo, liderados por el capitán Juan Barrera, que hizo honor a su apodo, “Iluminado”. Brilló el “11” de la tropa Azul y Blanco con luz propia, marcó tres goles y le regaló a los nicaragüenses una noche mágica, memorable e incomparable.

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Y es que Barrera hizo gala de cómo se debe comportar un líder, siempre desafiante, luchador, empujando en el frente del ataque, inflexible ante unos rivales que lo superaban en estatura y corpulencia, pero jamás en agallas, ni un gramo. La balanza se inclinó a favor del que apostó su corazón por conseguir un objetivo, del equipo que multiplicó esfuerzos para contrarrestar las virtudes de su oponente, del que no dio por perdida la eliminatoria después del primer partido, del que necesitó menos de ocho minutos para quedarse con el premio mayor. Nicaragua, en palabras del director técnico Henry Duarte, “se sacó la bronca” de dos tropiezos, contra Jamaica y recientemente ante El Salvador en la pasada Copa Centroamericana.

Merced a un planteamiento valiente, al buen funcionamiento de todos los elementos que estuvieron en la cancha y al destacable accionar de Barrera, la Azul y Blanco estará en la Copa Oro de la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Futbol (Concacaf), donde enfrentará al local Estados Unidos, a Panamá y Martinica. No se trata de un momento de inspiración y aunque así fuese, por qué dudar ahora de que vienen cosas mejores, el martes por la noche un grupo de futbolistas dieron una lección de fe, con suficiente autoridad nos hicieron saber que se vale creer, qué se pierde con hacerlo.

Duarte, punto y aparte    

Acomodar nuestras palabras a los hechos es, muchas veces, una asignatura compleja, algo así como “predicar con ejemplo”. Sin embargo, al estratega de la Azul y Blanco, Henry Duarte, sería injusto reprocharle que no lo hace. De carácter fuerte, pensador y de hablar directo, sin tapujos, Duarte transformó a un equipo que en su mayoría pertenece a una liga discreta, respecto a las que militan la mayoría de haitianos, en un grupo titánico, que comenzó ganando el partido con el cerebro y acabó plasmando el resultado con goles, en plena sincronía de cuerpo, alma y mente, lo que en psicología llaman como “Ley de la atracción positiva”.

Cuando se conjugan una serie de factores, comenzando por la confianza que transmite el entrenador, hasta la percepción de los jugadores, lo más probable es que todo funcione y fue lo que sucedió ante Haití. Duarte no se escondió ante los medios de comunicación, en cambio, dio la cara valientemente y sin mediar consecuencias pronosticó una remontada que parecía imposible, para él no lo era. Contagió de ese ánimo a sus pupilos e hizo creer a los aficionados. No podemos hacernos de la vista gorda, es saludable e inteligente reconocer el mérito que recae sobre el técnico, que en poco más de dos años ha impuesto una filosofía de juego con vocación ofensiva y solvencia en cada línea del campo, vital para lograr resultados positivos.

Trabajar ha sido su consigna, incluso teniendo que acomodarse a las condiciones que presta nuestro balompié. No se queja por cualquier cosa y tampoco se deja dominar, asume los riesgos que considera necesario para superar dificultades y sabe cuándo reordenar sus ideas en beneficio de sus objetivos. Barrera dentro del campo y Duarte desde el banquillo han sido claves en el agigantamiento de la Selección de Nicaragua, que ahora más que nunca merece credibilidad y respeto.

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